La ruta es un viento quieto,
y ella se despierta.
Me pregunta si quiero que maneje;
lo hace despacio, sin apuro: “¿querés que yo maneje?”
Yo quiero regalarle algo,
algo que hable de sus ojos verdes,
de sus ojos grandes,
siempre abiertos,
incluso cuando están cerrados, siempre abiertos.
Pero me faltan las palabras.
¿Qué podría decirle,
a ella, que está ahí, ahora, a mi lado,
en este viaje, rumbo a San Luis, rumbo a Merlo,
que supere la belleza del instante cuando me mira,
cuando lo mira todo,
como si nada le escapara?
Nombrarla,
decirle tus ojos son lagos de tilo…
decirlo es aceptar la derrota.
Por eso no digo nada
Y espero que el viaje nos lleve a Merlo,
que es donde siempre iremos,
sin importar donde vayamos,
siempre viajando,
sin separarnos, uno solo,
un solo mar de incontables gotas
siempre viajando,
rumbo a Merlo.
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